Siempre me río de los inconsistentes esfuerzos municipales que buscan hacerme creer que esta ciudad está magnificamente administrada. Pero los que se ríen al último son los intendentes de turno, que invariablemente me cobran lo que me cobran por ser tan atrevido de tener casa y coche propios. Por lo visto, para ellos eso es el equivalente a ser un "galerudo".
Yo ya no voto. De puro "
spleen político" que me ha agarrado, mire usted. Pero aún cuando votaba, ya pensaba que el intendente no debería surgir de una elección ciudadana. Al fin y al cabo, el tipo (o la tipa) no son más que un funcionario-rehén, ahí a medio camino entre sus propias promesas irrealizables, un gremio pesado y un gobierno nacional que no siempre era del mismo partido.
La medida de los logros municipales la aprendí a mis nueve años. Mi abuelo y yo solíamos recorrer las mismas seis o siete cuadras para ir a buscar a mi abuela a la iglesia. Y lo hacíamos por una calle que mostraba un empedrado de tantos años que ni el carbono-14 lograría datarlo. En uno de esos trayectos, le pregunté si algún dia esa calle estaría arreglada correctamente. Y por toda respuesta, se rió a carcajadas mientras me palmeaba el hombro, dándome a entender lo ingenuo de mi interrogante.
El tiempo le dio la razón. Pasaron cuarenta años y esa calle ni siquiera logró entrar en la categoría "pastiche", como le digo yo a las calles que mezclan material con algunas vías de tranvía y los clásicos manchones negros surgidos de parches inmemoriales. Sigue empedrada, nomás.
Lo que sí cambió (de nombre) fue una especie de rotonda-cantero que estaba en las cercanías y que ahora ha sido elevada a la categoría de "plazoleta", con cartel y todo. Claro que eso fue una trampita semántica, que muy pronto será invalidada por "los desconocidos de siempre" cuando se afanen el cartel.
Pero hasta en el primer mundo se cuecen habas municipales, que conste. Y si no me creen, vean lo que pasó en
Manchester (Reino Unido).
Tiempo atrás, en el Audenshaw's Shepley Park fueron desmontados todos los juegos infantiles, que estaban deteriorados por el tiempo. Y se dijo que serían reemplazados por otros mejores, faltaba más.
Un buen día, los vecinos se encontraron con todos los "nuevos juegos" instalados. Aunque no era fácil reconocerlos a simple vista,
porque consistían solamente en ésto:
"¿Y qué diablos es ese mamotreto?", me dirá usted. Ah, ya veo que no cuenta con la debida imaginación municipal, porque
para las autoridades de Manchester eso es un juego infantil: un muro para que rebote la pelota.
Como siempre y como en todas partes del mundo, los desagradecidos ciudadanos exhibieron su total ignorancia en materia de planificación, espacios verdes, urbanismo y demás, cual si fuera un blasón: los muy atrevidos exigieron saber cuánto se había gastado en
"la porquería esa" (léase "estructura lúdica dos-punto-cero").
Y el problema no fue tanto la pregunta como la respuesta: al parecer,
la suma involucrada era tan grande como si el muro tuviera cincuenta veces el tamaño que tiene, formase parte de la escenografía de
Pink Floyd y la propia banda lo hubiera inaugurado con mega-concierto incluído, interpretando "
The Wall" de principio a fin.
Y yo, necio sin cura, me quejo por un empedrado que amenaza perpetuarse en el tiempo más allá de la puerta de la Ciudadela (y de las Pirámides, quizás).
Mejor lo tomo con filosofía y aquí mismo pongo un video floydiano alusivo:
another brick in the empedrado....digo....
wall.