
Se habla de impuestos especiales a los "enlatados", de cuotas obligatorias para los programas nacionales y hasta de horarios reservados a dichos programas.
Como siempre, a la gente le cuesta entender que cuatro frases sueltas no constituyen un plan de acción ni mucho menos. Por eso, la noticia recibió el apoyo de casi todas las personas consultadas: porque nadie sabe en qué consiste ni cómo se reglamentará.
Soy el primer crítico de la "TV basura", pero no me parece que unas medidas autoritarias solucionen nada.

Ante todo, hay que recordar que es la gente la que elige caer o no en la mediocridad de la oferta televisiva. A nadie le ponen un revólver en la cabeza para obligarlo a ver las peleítas entre famosas o la docena de telenovelas que hoy en día están en el aire.
Del mismo modo que a nadie pueden decirle qué libro comprar, qué música escuchar o qué película ver, tampoco es viable (ni deseable) que le impongan contenidos televisivos.
Si la sociedad ha venido resbalando por una pendiente cultural (cosa que sucede desde hace mucho), es porque así lo han elegido las personas que la componen. O sea, nosotros.
Un impuesto a los enlatados no solucionaría nada, porque indefectiblemente fallaría en lo primero que debe hacer: definir qué diablos es un enlatado.
Si se entiende que un enlatado es un producto televisivo que viene del extranjero, entonces caerían en la misma bolsa una serie como "House" o una novela como "Doña Bárbara": ¿qué se lograría con eso?

Incrementar el número de programas uruguayos es otra buena intención (de esas que terminan empedrando el camino del Infierno).
Para empezar, hoy en día hay "programas nacionales" que se realizan íntegramente en Buenos Aires (por poner un ejemplo).
Pero aún suponiendo que se definiera e impusiera la producción nacional en los canales, ¿para qué serviría?
¿Alguien será más culto si ve a Maxi de la Cruz en diez programas en vez de verlo en dos o tres?
¿Alguien va a estar mejor informado si Victoria Rodríguez consigue un horario central?
¿Nuestros gustos musicales se verán ampliados si Omar Gutiérrez trae cincuenta grupos de cumbia a su programa en vez de diez?
Vamos a dejarnos de pavadas.

La cultura no se impone, sino que es la resultante espontánea del momento que atraviesa una sociedad.
Usted puede poner una buena muestra de arte en un museo y hacer que la entrada sea gratuita, además de publicitarla ampliamente. Eso se llama facilitar.
Pero llevar a la gente a patadas es otra cosa.







































